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Y el Rey dispuso que todos sus súbditos, especialmente los de menor edad, y por ende ajenos a cálculos de ninguna especie, fueran adiestrados en el arte de las cifras, que ya venía muy probado desde la ciencia arábiga del álgebra; y en el de las muchas combinaciones y caprichos que entre ellas se producían; siendo la multiplicación la más de provecho, pues siempre aunecía lo puesto; y que para tal fin se colocaran por todo el Reino retablos donde figuraran todos esos guarismos ordenados según gracioso emparejamiento; pues ésta habría de ser la forma más diestra de sabérselos y aun de cantarlos al dedillo. Y la reina, que era de la patria de Pitágoras y del resto de sabios sumadores, y ella misma sabia por nombre, lo vio bien.

Fotografía: Justo Rodríguez – Texto: Bernardo Sánchez